Dentro de poco Carlos y Juan cumplirán 3 años de vivir juntos y durante este tiempo nunca se han considerado una “pareja gay” que traslada los estereotipos de la vida heterosexual al suyo. En primer lugar, su vida sexual es muy activa, tanto entre ellos dos como con otras personas, pues a veces invitan a uno o a dos a pasar las noches en su cama; pero también, porque Carlos tiene encuentros sexuales con alguien más, así como Juan los tiene con sus eventuales amantes.
Para Carlos y Juan, “vivir juntos” no significa que deban ser monógamos, aunque es claro que se amen y Carlos no esconda su predilección por Juan, el tipo de muchacho rebelde, tatuado, que usa drogas y que mantiene su imagen de “siempre joven”. Saben que no son únicos en el mundo y comentan: “Incluso supimos de unos chavos de Ámsterdam que tenían una relación bastante peculiar porque eran cuatro y los cuatro vivían en la misma casa y dormían en el mismo cuarto, con dos camas kingsize unidas”.
También aseguran que no firmarán una Sociedad de Convivencia porque aclaran: “si no creemos en el matrimonio y en la idea ortodoxa que se tiene de la familia, mucho menos en un contrato económico disfrazado de seudoboda”.
Esta relación es sólo un caso entre muchos de quienes viven distinto, tanto de las relaciones construidas y casi impuestas por los heterosexuales, como de las que ahora repiten los gays. Todos conocemos relaciones disidentes de este modelo de pareja: la típica “loca” de barrio que tiene a su mayate viviendo con ella; los transgéneros y travestis que viven juntos no sólo para prestarse las pelucas y el maquillaje, sino también para ayudarse y solidarizarse en los momentos en que se necesite de alguien cercano, son sólo dos ejemplos.
Otros casos harto conocidos de formas de vivir el deseo homosexual son, por ejemplo, los militares y los encarcelados que muchas veces se ven envueltos en relaciones afectivas o sexuales con personas de su mismo sexo sin que, en ningún momento, se identifiquen plenamente como gays. Así que uno bien puede ser “hombre”: ser hombre gay, hombre afeminado sin ser gay, ser hombre machista. Pero también ser mujer, mujer lesbiana, mujer gay, mujer masculina. Hay muchas maneras de construir las identidades de género.
Los ejemplos de personas que se sustraen al “estilo de vida gay”, no obstante tener prácticas o deseos homosexuales, abundan y la lista podría ampliarse con los indígenas que tienen sexo con otros varones y que se definen según sus propios términos en su lengua, los gays que han entrado a la vejez, las personas que viven con VIH (PVV’s) y los recién llamados “Hombres que tienen sexo con otros Hombres” (HSH).
Al respecto, el Doctor en Antropología Guillermo Nuñez Noriega habla de que se ha ido conformando culturalmente un modelo de “ser gay” que se aleja mucho de las propuestas iniciales del movimiento de liberación gay en el mundo y en México. Se refiere a una identidad gay estereotipada, que se hace y rehace en el mercado de consumo, preocupada por la juventud, la belleza física, una forma de vestir, de divertirse. Un modelo de ser gay que empieza a construir sus propio sentido de ser “un gay normal”, un “buen gay”.
A la luz de este modelo ahora se critica a quienes tienen relaciones homosexuales sin identificarse como gays, a quienes asumiéndose como gays no viven en pareja, o que teniendo pareja no son monógamos y no aspiran a una sociedad de convivencia, como en el caso de Carlos y Juan, pues lo que ellos hacen es reivindicar el derecho a una sexualidad placentera y diversa y a una relación abierta. Núñez comenta con preocupación, la aparición de voces dentro de la población gay que empiezan a asociar el sida y la infección con “la promiscuidad gay” y que consideran a la “pareja gay” como la mejor alternativa para no infectarse.
Como si la relación de pareja asegurara que no habrá relaciones sexuales con otras personas por fuera de la pareja y como si el discurso de la monogamia heterosexual hubiera detenido la infección. La pareja no es, al decir del Núñez, una especie de antídoto para protegerse de esta enfermedad, ni asegura la salud sexual con respecto a otras enfermedades. Detrás de estas nuevas formas de normalización de la vida gay, subyace la vieja vergüenza hacia el sexo. Lo lamentable es que ahora sean los propios gays los que hablen de esa manera, dice el investigador.
De hecho, una encuesta reciente de anodis.com reflejó que el exceso de confianza en la pareja lleva a desechar el uso del condón pero también que los casos de mayor infección de VIH se dan dentro de la misma pareja.
Lo que queda claro con estos y otros casos es que el “ambiente gay” está generando sus propios poderes y marginalizaciones, que está reproduciendo discursos sexofóbicos y hasta moralizadores que se habían socavado desde la década de 1960 y aún más con el frenesí sexual de los años 70, pero también que está generando patrones de comportamiento y valores estéticos o de consumo que genera exclusiones: Así los militares, los migrantes, las personas que viven en ámbitos rurales, los indígenas, los pobres, las personas mayores que no son ni jóvenes, ni cumplen el ideal de belleza, ni tienen dinero para “ser gays en las discos”, ni tienen el capital cultural para “ser gay” (gustos musicales, formas de vestir, etc.) resultan no visualizados y no incorporados por ese estilo de vida gay que no obstante, pretende decir todo en relación al deseo homosexual, comenta Nuñez Noriega.
Nuñez Noriega habla de cómo aún bajo el concepto HSH (hombres que tienen sexo con hombres) se suele invisibilizar que no todas las relaciones homoeróticas pasan por la identidad gay. Así mismo cuestiona que se utilice el concepto HSH en un sentido antropológico, como si se les podría convocar a una junta o se les pudiera identificar por la calle, cuando de lo que se trata con la invención de ese concepto es hacer referencia a que muchos hombres tienen relaciones sexuales con otros hombres sin asumirse bajo ninguna categoría de identidad como gay, homosexual, joto, etc., sino que se definen simplemente como “hombres”. Muchos hombres bajo determinadas condiciones: reclusión, lejanía de sus lugares de origen, vínculos de amistad, calentura mezclada con alcohol, etc., se animan a tener relaciones sexuales con otros hombres, sin que por ello terminen construyendo una identidad o un estilo de vida gay.
Finalmente podríamos decir que cuando se impone un “Deber ser gay” o “Deber ser heterosexual” no se está siendo fiel a la realidad de la sexualidad humana no sólo en nuestro país sino en el mundo, pues los sexos y las sexualidades son tan dinámicas y transgresoras como tantos seres humanos hay sobre la tierra y tampoco se está siendo fiel a un planteamiento histórico del movimiento gay de abrir la sociedad para que la gente experimente de manera libre su sexualidad y sus roles de género.
Esta apertura no tiene por qué implicar deshacerse de la identidad gay, dice Nuñez Noriega, sino en todo caso, ampliar sus definiciones: “Yo estaría a favor de una reflexión al interior de la población gay sobre las exclusiones que se están produciendo: las formas de discriminación racial, de clase, de género, de vestimenta y de construir juntas y juntos una forma de ser gay que se caracterice por el respeto a la diversidad de formas de vivir la sexualidad y el amor, por la solidaridad con los gays marginados, pobres, indígenas, ancianos, discapacitados, trans, respetuosa de las diversas concepciones de belleza y de la dignidad de los diferentes cuerpos, menos tonta y radicada en el mercado, que nos permita crear una renovada política gay: inclusiva y solidaria y no por ello menos festiva y placentera”, concluye el investigador.
Fuente: por Sergio Téllez-Pon [
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