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Poco ánimo de amar PDF Imprimir E-Mail

Sample ImageCuando el fantasma de la muerte ligada al VIH/sida parece extinguido, y los medicamentos garantizan al menos larga vida, aparecen prácticas sexuales entre los gays en las que los valores dejan de ser el cuidado por el otro y la no discriminación. El bareback sex y el serosorting son los nuevos desafíos de los varones que intentan amarse.


Pablo, el protagonista de Un año sin amor - la lúcida novela de Pablo Pérez luego llevada al cine con admirable sensibilidad bajo la dirección de Anahí Berneri y co-guionada con el autor-, es un joven escritor que tiene el virus del VIH/sida.

Escribe, entre otras cosas, sobre su lucha incesante por volver a sentir su cuerpo como propio, la apasionada búsqueda del amor en la escena gay de Buenos Aires, su angustiante desconfianza frente a las nuevas terapias alópatas, el profundo miedo a una muerte inminente, y la vigorizante experiencia de prácticas sexuales diversas, con una preferencia por un saludable sadomasoquismo.

Ese mundo íntimo que Pablo narra en las páginas de su diario se convierte, eventualmente, en una  novela publicada que le permite a su autor apropiarse de su historia, ser protagonista desde otro lugar, ya no anclado en la soledad y la desolación, sino en la fortaleza de la resistencia. Pero, también, la misma escritura de la novela, el hacer de lo privado algo público, lo enfrenta al rechazo más feroz por parte de su familia, que se siente expuesta, violentada, y, en consecuencia, literalmente expulsa a su hijo de su propia casa.

Hoy, casi diez años después de ese año sin amor en la vida de Pablo, el estado de situación respecto al virus del VIH/sida es, en términos clínicos, mucho más tranquilizador y promisorio. Las distintas terapias con medicación retroviral tienen un alto grado de eficacia que se traduce, principalmente, en un importante porcentaje de pacientes asintomáticos, con pocos o casi ningún efecto colateral adverso. En la mayoría de los casos y con el tratamiento adecuado, el sida dejó de ser sinónimo de muerte y se transformó en una enfermedad crónica.

De Nueva York a Buenos Aires

En este contexto alentador, también hay otras realidades, ya no en el orden de lo clínico sino en el de las conductas sociales. Desde principios del año 2000, primero en Manhattan,  al poco tiempo en París y más tarde también en otras ciudades del mundo, como Buenos Aires, empezó a ganar terreno la práctica del bareback sex: el sexo sin preservativos, un no cuidado deliberado. Ante la eficacia de los tratamientos, el cansancio que puede generar el cuidado crónico, y el fantasma de la muerte cada vez más lejano, muchos dejaron de tener sexo seguro, como si ya no fuese tan importante; como si el sida ya estuviese definitivamente erradicado.

Para la Comunidad Homosexual Argentina (CHA) -la organización GLTTBI (Gay Lésbica Travesti Transexual Bisexual) más antigua e influyente en nuestro país-, el bareback sex no es un dato menor. Así lo explica César Cigliutti, presidente de la CHA: “Nosotros sostenemos dos cosas que parecen estar en contradicción. Primero, todo individuo tiene plena libertad para disponer de su propio cuerpo. Si yo me quiero inyectar el virus del VIH/sida, tengo la libertad para hacerlo. Mi relación con mi propio cuerpo no es negociable con nadie. Segundo, institucionalmente nosotros hacemos campañas de prevención de lucha contra el SIDA. Nuestra postura es de promoción de la salud, del cuidado del propio cuerpo, de la práctica del sexo seguro. Creemos que una persona se tiene que cuidar, tiene que estar saludable, pero no podemos obligar a nadie para hacerlo”.

No preguntes, no cuentes

Otra nueva práctica que está ganando muchos adeptos en la comunidad gay de Manhattan es el serosorting, es decir identificar quién es seropositivo y quién no. Ya en las primeras citas entre potenciales parejas, novios, o simplemente compañeros para  encuentros sexuales, el tener VIH o no debe quedar establecido desde el vamos. Así, las personas que no tienen el virus se vinculan solamente con personas que tampoco lo tienen; y quienes sí lo tienen con otros en su misma condición.

Quienes defienden el serosorting argumentan que así se puede controlar mejor el contagio de la enfermedad. Más allá de que esto sea irreal –porque la gente puede mentir, y lo hace, sobre su estado de seropositividad; porque no muchos se hacen chequeos regulares; porque en un vínculo íntimo no se piden certificados de salud; y porque por más que una persona tenga un análisis que dice que es negativo, eso no cubre el período de ventana-, lo que sí es real es que este modo de relacionarse está sentando todas las bases necesarias para un campo de concentración que no necesita cercas de alambres de púa ni guardias ni torres de vigilancia.

“Para cualquier campaña de prevención, uno tiene que partir del supuesto que todos somos portadores del virus del VIH/sida,Sample Image porque no se puede exigir a nadie que te diga si es o no portador. La única posibilidad que existe es que te cuides siempre y que exijas ese cuidado, si es que te interesa. Partiendo de esa base, hay que descubrir la mayor cantidad de perspectivas posibles para enfrentar este tema”, señala César Cigliutti.

Si Buenos Aires ya importó el baresex, ¿es tan difícil pensar que también importe el serosorting? ¿A qué se expone hoy una persona que vive con el virus del VIH/sida al revelarlo ante el Otro? Aún con el riesgo de pecar de cierto esquematismo, la comunidad gay local parece estar dividida en dos grupos que casi no tienen puntos de contacto.

En el primero, la falta de información, la voluntad de no informarse, y la negación ante el sida es directamente apabullante. También, mucha gente parece estar al tanto de cuáles son las vías de contagio, pero no confía en los cuidados para prevenirlo. Y aún practicando sexo seguro dudan de la eficacia de las prácticas. 

“Una sola vez, un amante ocasional que yo tenía me contó que tenía HIV. Le tengo terror al cáncer y al sida y hacía poco me había contagiado de hepatitis B, así que encima estaba más paranoide. No era algo personal, pero no daba para seguir teniendo sexo. No podía parar de pensar en si me podía haber contagiado. Siempre nos cuidamos, pero igual me hacía la cabeza. Lo dejé de llamar, algo hablamos, pero muy así nomás, después igual nos cruzamos en algún lugar, y nada”, dice Mariano, 28 años, estudiante de letras. 

Acá se puede recordar la hipótesis del filósofo esloveno Slavoj Zizek al referirse a la exigencia impuesta por la administración del ex presidente Bill Clinton ante la incorporación de homosexuales en las fuerzas armadas: la muy poco feliz frase “Don't ask, don't tell” (No preguntes, no cuentes) significaba que si hacemos de cuenta que los homosexuales en las fuerzas armadas no existen, entonces efectivamente no existen. Del mismo modo, pareciera que si se hacemos de cuenta que el virus del VIH/sida no existe, entonces efectivamente no existe.

“Justo antes del tercer encuentro que iba a tener con alguien que había conocido por Internet, me entero por un amigo que esta persona tenía HIV. Nunca habíamos tocado el tema en los dos encuentros previos. Y yo no le voy a preguntar a alguien que apenas estoy conociendo si tiene HIV. Eso es algo que te lo tienen que contar de una. Mi amigo dice que te tenés que cuidar con todos, y es verdad, pero también, si recién vas por el segundo encuentro, no es que estás enamorado, entonces, ¿para qué complicarte la vida?”, cuenta Ricardo, 22 años, empleado de un locutorio.
 
Es que quienes prefieren no hablar nunca del tema, realmente prefieren no hablar. No se trata de una elección ingenua de temas de conversación. Para muchos, suponer que su potencial compañero sexual, novio o pareja puede tener el virus del VIH/sida es una cosa, pero saberlo, realmente saberlo, ya es otra cosa bien distinta. Tan distinta que es casi garantía de la pérdida del deseo por el otro, y, en consecuencia, de su exclusión inmediata. A ese otro no se lo llega a conocer nunca.

“La única vez que alguien me contó que tenía HIV medio que fue todo un tema. Estaba saliendo con un chico, pero sin ningún compromiso, muy informal, y me lo cuenta al mes de conocernos. El chico me gustaba y podía seguir teniendo sexo aunque tuviera HIV, pero la verdad, se me complicaba porque me gustaba mucho, la pasábamos muy bien. Un novio, una pareja, con HIV, para mí, es algo muy difícil. Soy bastante cagón y esto te cambia todo lo que venía pasando. Preferí cortar a tiempo porque no me iba a bancar una relación así”, explica Germán, 36 años, arquitecto.

La verdad como criterio de realidad

En el polo opuesto está el segundo grupo, un poco más reducido, al menos hasta ahora. Quienes están informados y saben que el virus del VIH/sida realmente existe y tienen en claro que el sexo seguro es seguro, están libres de paranoia.
 
“Si ya voy por el tercer o cuarto encuentro, es porque hay algo en esa persona que realmente me interesa. Hay un puente, un comienzo de un vínculo, hay buen sexo, y hay algo  más. Y si me cuenta que tiene HIV, está todo bien. No modifica absolutamente nada. Voy a seguir conociendo a esa persona en la medida en que se sigan produciendo encuentros naturalmente”, dice Martín,  37 años.
 
Otras veces, expresan sus miedos, sus dudas, sus preguntas, sus prejuicios, y escuchan. No es que sea fácil ni mucho menos, no se trata de restarle importancia. Es más bien una cuestión de tener presente que, tarde o temprano, el criterio de realidad es lo único que puede permitir conocer al otro.

“Que alguien me cuente que tiene HIV no es un impedimento para seguir conociéndolo, para seguir teniendo sexo, para seguir.... Sí, me da miedo, pero... ¿qué le voy a hacer? Me interesaría saber cómo esa persona convive con el HIV, cuál es su estado de salud en un sentido amplio, y su estado de reflexión respecto de su condición. También trataría de informarme mucho más en detalle de los últimos descubrimientos respecto a todo el tema sida”, cuenta Jaime, 37 años, traductor y poeta.

En el fondo, por más que parezca una obviedad, para poder garantizar el derecho a la libre elección - ya que el punto no es instalar un fascismo inverso de aceptación sí o sí -  es esencial que la elección sea precisamente eso: libre. Libre de paranoias, de fantasmas atormentadores, de prejuicios, de ignorancia. Libre de verdad.

“Que alguien que esté conociendo me cuente que tiene HIV no me aleja para nada. Si tengo ganas de seguir conociendo a esa persona, lo voy a hacer. En algún lugar, me da un poco de miedo, pero no es el mismo miedo que tuve cuando otra persona me lo contó por primera vez. Nada que ver. Y sí, me cuidaría mucho. Y lo cuidaría mucho. Creo que, otra vez, me darían ganas de protegerlo, de ser parte de su vida”, explica Javier, 27 años, productor de televisión.

Muy posiblemente sea una cuestión de tiempo. Hizo falta tiempo para acorralar a la enfermedad y conseguir una calidad de vida sin mayores complicaciones para las personas con HIV. Ese camino ya está bastante despejado. Quizás se necesite más tiempo para que la negación y la paranoia finalmente se conviertan en fantasmas que no asusten a casi nadie.

Más tiempo y más información. Por sobre todo, voluntad y predisposición para estar informado. Porque, a fin de cuentas, la discriminación no se erradica solamente a fuerza de intelecto puro. La otra parte, la que parece ser más difícil, es la de la fuerza de los afectos, o siendo bien cursi, la capacidad del amor para iluminar las zonas que parecen más oscuras.     

Por Pablo Suárez | 1.12.2005 
 
Artemisa Noticias

 

 
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