Cuando el sol se oculta, una añosa casona colonial signada con el 949 del jirón Camaná en el centro de Lima se convierte en la secreta parroquia de un cumbiambero culto concupiscente. Allí, soldaditos montaraces, regi@s señorit@s sanisidrin@s y toda suerte de pájaras multicolores están forjando una gesta silenciosa y quizá tan sórdida como la perfecta igualdad del margarito compartido. Es una insospechada cofradía que, clandestinamente, acaricia la trasnochada idea de conquistar su propio Disney World privado en pleno corazón del centro histórico de Lima. Algo así como el neoyorquino Christopher Street o como el Chueca madrileño: el disfuerzo supremo de lo que podría ser el germen del primer barrio mariconcito del Perú. Why not? ¿Total? Se usa. Sucede en las peores familias.
Desde el más macho hasta la más cabrita toman en La Jarrita. Tal, el democrático, inclusivo, casi amoroso slogan de esta taberna de la sinceridad salvaje, de esta impensable especie de pollada lounge donde la regiedumbre confraterniza imposiblemente con la soldadesca, donde Fassbinder meets Bendayán, donde se ofrece, al mismo tiempo, sexo en vivo y tallarines, mollejitas y drag queens, ron Kankún saborizado y chanfainita. La Jarrita: The Kachakito’s Discothek. Creo que la primera vez que la oí mentar fue apenas un par de años atrás. Era la premiación de un concurso literario gay en el que algún insensible organizador me había puesto como veintiúnico jurado y cuando anuncié como sobrado ganador del primer premio al autor de un calentón relato que ensalzaba la lúbrica epopeya de dos bravíos comandos destacados en el Frente del Huallaga, el eufórico auditorio de la muy open Casa de España reventó en aplausos y se confundió en una sola consigna que, coreada así, adquiría caracteres de alarido de batalla: «¡A La Jarrita! ¡Todos a La Jarrita!» Nadie me creyó cuando dije que no tenía idea de lo que era, que si se trataba de otro de esos indispensables antros de pudrición pues yo me lo había estado perdiendo todo este tiempo, que para mí era primera noticia, que en mis tiempos se iba al Escrúpulos, al Zeus, al Imperio, a La Lima Que Se Va, al Studio One, al Company, al Perseo, al Splash, al 1031, al Hedonism, al Amadeus, al Gitano, al Kapital, y hasta al Minotauro, pero…¿La Jarrita? ¿Qué cosa? ¿Qué clase de discotecón mínimamente cosmopolita podía posicionarse en tan reñido mercado con semejante nombre de jardín recreo o picantería?
Reñido mercado, dije. Leyeron bien. Double income, no kids. Así se nos denomina en la jerga de los estudiosos marketeros: doble sueldo y sin hijos. Mejor dicho: los que nunca tendremos que pagar Apafa. Asumiendo que seamos dos, claro, asumiendo también que ambos chambean. Habiendo renunciado a las innegables maravillas de la reproducción, las parejas de hombres –o de mujeres- terminan siendo, sin proponérselo, el target perfecto para el siempre floreciente business de las vanidades, porque es, de hecho, el segmento que más plata gasta en vacilón. Gastos suntuarios, se entiende, diversión de la cara. Y también de la barata, por supuesto. De ahí el inexplicable, asombroso, multirracial suceso de La Jarrita, un tutti fruti brutal que no ofrece membresías ni valet parking ni letreros apartheid que te refrieguen en la cara aquella patraña del derecho de admisión. La entrada apenas si cuesta diez simbólicos solcitos de modo que acá sí que pueden entrar absolutamente todos sin ningún problema. Ojo: no estoy tan seguro de que quieran, pero de que pueden, pueden. Y cuando digo todos, quiero decir TODOS. Figúrense eso. ¿Estoy tratando de convencerlos de que he encontrado, por fin, point ideal? Ni por un instante. ¡Protégenos, Muñequita Sally! Tamaño hacinamiento el que tendríamos ahí. No habría tolerante que te aguante. Lo único que estoy tratando de decir es que nunca había visto en el Perú ni fuera de él, un club menos pretencioso, ni menos exclusivo ni menos adefesiero. Aquí jamás verás la consabida pasarela de las locas with an attitude, sobrevestidas y plumosas, nada de guacamayas respingonas de mirada desmayada, perfumadas de magnolias, rociadas de mañanitas. No, tesoros. Aquí la marca de ropa que la rompe es Topy Top, ¿okey? Aquí, la espuma de la chela virilmente va a parar a la loseta. Aquí no huele a Ted Lapidus sino a Kreso. Porque La Jarrita es eso. Ni más ni menos que The Real World. Aquí todo es de verdad. Y de qué modo. El que pestañea, no tiene pierde. Las reglas no podrían estar más claras. Te las dicen, cara a cara y sin temores. Su página web te lo canta con todas sus letras: «En nuestro restaurante-bar tenemos una combinación de adrenalina y morbo que lo hace único. Si eres de l@s regi@s que sólo iban a Miraflores y no bajaban al centro de Lima ni siquiera en el mes morado, te advertimos que lo más probable es que nuestro bar te termine gustando.» Lo que ves es lo que hay.
¿Y qué es lo que hay? Complicado describirlo. Partamos del modo en que ellos mismos se definen: «Por alguna extraña razón, coincidencia o casualidad, (no sabemos nosotros, ayúdennos a averiguarlo), muchos de nuestros usuarios son esos jóvenes de pelo rapado…» ¿Les quedó claro entonces? Muy bien. La Jarrita queda definida entonces como la chingana gay predilecta de los quimbosos cachaquitos de las afueras. Y por su legión de empeñosos admiradores que los florean de lo lindo y les pintan pajaritos en enormes cantidades. Nótese el diminutivo cariñoso. No son cachacos, son cachaquitos. Y es que aquí no encontrarán precisamente a hercúleos oficiales de nuestra gloriosa Fuerza Aérea en uniforme de gala. Tampoco a colorados cadetes de la Naval ni de la Escuela Militar de Chorrillos. Hablábamos de realidad, remember? Y no hay reality más reality que éste. Los parroquianos habituales de esta barra son chongueros soldaditos provincianos que difícilmente alcanzan los sesenta kilos, el metro sesenta de estatura. Procedentes, en su mayoría, de agrestes parajes como Satipo, Mazamari, Pichanaki, Laberinto, estos conscriptos salen “de franco” los fines de semana, pero como no tienen familia en Lima, no tienen casa. Fuera del cuartel no tienen dónde dormir ni quien les cante el arrorró. Es entonces que La Jarrita se yergue –para ambas partes - como una providencial alternativa de supervivencia. Y como ya se sabe que el que va detrás de un recluta es porque quiere guerra, la mecánica del juego no podía ser más papayita. Pero las crudas reglas –ya lo dije- están conchudamente escritas y se llaman Jarri-tips. Y si no se entienden, se sobreentienden, pues son, al final, la misma ley que ha regido siempre en este mundo canalla: 1) Si un cachaquito quiere colar a su “promo” a tu mesa, tú procede como quieras, pero siempre hazle notar que eres tú quién manda, (con tu plata). 2) No confíes en extraños sobre todo en aquellos que no parecen cachaquitos sino pandilleros reggaetoneros. 3) Si te levantas a alguien, nunca lo hagas con más de uno y siempre debes ser tú el que decida a dónde ir. Elige locales seguros que ya conozcas. Nunca lleves desconocidos a tu casa. 4) Los domingos son los días ideales porque abrimos más temprano. y 5) Los que más saben dicen que mientras más cerca el amanecer, más fácil aflojan (sic) los cachaquitos porque quieren irse a descansar a una cama, como sea. Lo malo es que a esa hora ya no queda gran cosa. Grrr.
Lo que, entre líneas, se lee en tan sabias recomendaciones es un mensaje que va directo a la conciencia del cliente: «Cabe la posibilidad de que te roben, te peguen bien duro o, ya si eres muy piña, te asesinen. Pero si eso te pasa no será porque nuestra disco carezca de caché ni porque el centro de Lima sea especialmente bagre. Será sólo porque fuiste demasiado pavo. No digas que no te lo advertimos. Y ahora sí, diviértete que la vida es dura y la noche es oscura. Recuerda: la única clase de gente que dejamos entrar a La Jarrita es la que viene a pasarla bien. We are family. Pero si tienes que ir al urinario, mejor esconde tu billetera bajo la media, por si acaso. Bajo la media y jamás en el elástico de la trusa que ese es el escondite que te van a pulsear primero.
Autor: Beto Ortiz
|